Los derechos de la naturaleza también son nuestros derechos. Los derechos de la naturaleza son derechos humanos.
Los humanos tenemos el derecho y deber de respetar y aprovechar razonablemente la naturaleza. El empleo de la naturaleza y de sus recursos no puede ir en detrimento de ella misma, de la actual generación ni de las futuras generaciones. El planeta tierra es la casa de todos los humanos, a esa casa todos y todas tenemos que respetarla y cuidarla. Hacer lo contrario es quebrantar un derecho universal que no tiene excepciones.
Por eso es tan dramático el debate sobre el cambio climático que ahora ha tenido un nuevo episodio en Lima y el año entrante tendrá a París como escenario. ¿Somos los humanos responsables para con nosotros mismos? ¿El actual sistema de producción y de consumo toma en cuenta los elementales principios que se acaban de enunciar? ¿Se pueden seguir explotando los recursos naturales como hasta ahora lo estamos haciendo? ¿En Colombia qué pasa con los derechos de la naturaleza: quien los salvaguarda, quién los conculca?


“En 1930, el premio Nobel de física Robert Millikan aseguró que la humanidad no podía construir nada que causara verdadero daño a algo tan grande como la Tierra. Pues bien: fue precisamente en ese mismo año cuando el ingeniero químico Thomas Midgley inventó los gases clorofluorcarbonados (CFC), que en los decenios siguientes fueron usados profusamente por la industria… y acabaron siendo liberados a la atmósfera en grandes cantidades. Con el tiempo, esto tuvo el efecto de ir adelgazando peligrosamente la capa de ozono que se halla en la parte superior de la atmósfera (la estratosfera) y que nos protege del exceso de radiación ultravioleta. Es decir, el invento de Midgley acabó dañando gravemente esa Tierra tan grande y en apariencia tan invulnerable. Esta secuencia de acontecimientos no es anecdótica: apunta hacia cambios fundamentales en la forma en que los seres humanos habitamos la Tierra” (Riechmann, 2012).
Después de Lima y antes de París, en los meses siguientes, los países deben anunciar sus compromisos para lograr que las emisiones globales de gases con efecto invernadero se reduzcan entre un 40 y 70% hasta el 2050, una necesidad para poder limitar a 2 grados Celsius el incremento de la temperatura del planeta. Más allá de ese umbral, los científicos estiman que los impactos serían graves e irreversibles y pondrían en peligro a numerosas poblaciones. Los países en vías de desarrollo, especialmente aquellos sin litoral, están desfavorecidos y se ven afectados de manera desproporcionada por los efectos del cambio climático, dijo en la Conferencia de ONU -COP 20- el representante de Paraguay, uno de los países de la región que este año se vio seriamente afectado por inundaciones que dejaron cientos de miles de afectados.
El experto Diego Ramírez Lema, quien participó en la Conferencia, me ha explicado cómo ella estuvo a punto de fracasar. La COP 20 cerró el domingo en la madrugada, tras prolongar unas 30 horas, con un acuerdo de mínimos que finalmente firmaron los 195 países presentes; las organizaciones ecologistas consideran esto “demasiado poco”, “demasiado lento”, “acuerdo de mínimos con el menor común denominador posible”.
Finalmente se aprobó el aporte de 10.000 millones de dólares al Fondo Verde para el Clima, establecido por Naciones Unidas para asistir a los países en desarrollo a afrontar el cambio climático. Pero sigue siendo un misterio de dónde saldrán los 100.000 millones prometidos hasta 2020. Observadores analizan que no hay que limitarse a lo que haga la ONU, es preciso exigir radicalmente “inteligencia, valor y responsabilidad”, dicen.
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